Por qué Hollywood dejó de rodar películas en Hollywood

Fuentes: How Hollywood Stopped Making Movies in Hollywood, xataka.com

Hollywood ya no rueda películas en Hollywood. Esta es la paradoja que define a la industria cinematográfica estadounidense en la segunda década del siglo XXI: un sector que lleva el nombre de un barrio de Los Angeles, pero que produce cada vez menos fuera de sus fronteras. Los incendios de 2025 y las huelgas de 2023 no hicieron más que intensificar una tendencia que llevaba años en marcha.

La concentración de la industria del cine en Los Angeles se consolidó en los años veinte, cuando los grandes estudios aprovecharon el clima soleado, los terrenos baratos y la distancia respecto a las patentes de Thomas Edison en la Costa Este. Durante décadas, las productoras funcionaron como cadenas de montaje: los backlots de Los Angeles permitían rodar cuatro o seis películas al año con costes contenus y equipos estables. Sin embargo, dos tendencias terminaron por quebrar ese modelo.

La primera fue el auge del blockbuster. A partir de los años setenta, títulos como El padrino o Tiburón demostraron el potencial comercial del cine de gran espectáculo. En los años ochenta, estudios corporativizados como Paramount-Gulf-Western apostaron por superproducciones rodadas en selvas, desiertos y localizaciones exóticas —Predator, Acorralado, En busca del arca perdida— que amplificaban la sensación de escala.

La segunda fue el auge de las franquicias de propiedad intelectual y los incentivos fiscales. En los años 2000 y 2010, el Universo Cinematográfico de Marvel y otras sagas similares exigieron inversiones enormes, lo que llevó a los estudios a buscar localizaciones con generosos créditos fiscales y reembolsos, como Vancouver, Atlanta y Londres. El resultado fue una migración lenta pero sostenida hacia destinos que ofrecen infraestructuras consolidadas y ahorros sustanciales. Para un blockbuster, esos incentivos equivalen a decenas de millones de dólares, una cantidad que se redirige a salarios de actores, secuencias de acción y efectos digitales.

Esa dinámica ha generado una brecha creciente entre el lugar donde se ambientan las historias y el lugar donde se ruedan. Toronto suplanta a Nueva York, Praga sirve como doble de casi cualquier ciudad europea y Vancouver se convierte en una metrópoli genérica apta para cualquier superproducción de superhéroes. La desconexión se ha convertido en una queja recurrente entre críticos de cine, especialmente con las películas de plataformas de streaming que se ambientan en una ciudad pero se filman en otra.

La pregunta es si el público nota la diferencia. Según el análisis publicado en Stat Significant, la mayoría de los espectadores no distingue el skyline de Toronto del de Manhattan ni le importa hacerlo mientras consulta el teléfono. El autor, que trabajó como becario en el programa de Conan O'Brien, conoce de primera mano el contraste: el backlot de Warner Bros. estaba prácticamente vacío en pleno verano, una rareza descrita como una experiencia similar a vagar por los Backrooms. Esa imagen resume la transformación: Hollywood se ha convertido en una colección de oficinas donde profesionales de cuello blanco deciden cómo se hace el cine, aunque cada vez menos cine se haga allí.

La presión reciente ha sido notable. La campaña #StayInLA, impulsada por la cineasta Sarah Smith y la guionista Alexandra Pechman tras los incendios de 2025, ha superado las 20.000 firmas y ha atraído el respaldo de actores y cineastas, e incluso la atención fugaz de Donald Trump. Se trata de un movimiento que combina la reconstrucción de emergencia con una movilización política más amplia para retener la producción en Los Angeles.

La explicación económica de fondo es el fenómeno de la cost disease —enfermedad de costes—:industrias intensivas en mano de obra y con ganancias limitadas de productividad, como la sanidad, la educación o el cine, se encarecen de forma sostenida con el tiempo. Broad way es el ejemplo paradigmático: producir un musical en Nueva York resulta cada año más caro sin que la productividad haya aumentado. El cine estadounidense atraviesa una dinámica similar: los costes suben, la mano de obra cualificada se concentra en mercados caros y los estudios buscan desesperadamente ahorros fiscales y laborales.

A corto plazo, no se atisba un cambio de tendencia. Los incentivos fiscales en estados como Georgia y Canadá seguirán atrayendo producciones, las plataformas de streaming exigirán cada vez más volumen de contenido y los costes en California seguirán subiendo. La pregunta que deja abierta el análisis es si los Angeles logrará revertir la fuga o si Hollywood, la idea, seguirá existiendo en cada vez menos lugares reconocibles como Hollywood.