La psicología evolutiva y la ciencia cognitiva han desmontado la idea de que los humanos piensan como algoritmos lógicos. Desde los trabajos fundacionales de Leda Cosmides y John Tooby, la investigación muestra que los mecanismos cognitivos se forjaron en entornos ancestrales donde la velocidad de reacción era vital: en la sabana, detenerse a calcular probabilidades ante un crujido en la maleza podía costar la vida. Estudios comparativos con primates no humanos revelan que monos comparten sesgos económicos e irracionalidades similares a los nuestros, lo que indica que muchos de estos patrones están integrados en nuestro linaje evolutivo.
El modelo de "racionalidad de recursos" explica que la mente no es irracional sino hipereficiente: dado que el cerebro consume una cantidad enorme de energía y el tiempo es limitado, optimiza decisiones con atajos mentales. El cerebro prefiere una respuesta suficientemente buena y rápida frente a un análisis perfecto pero agotador. Además, la racionalización puede ser en sí misma una adaptación: según un artículo de 2021 en American Psychologist, los humanos a menudo usan el intelecto para justificar decisiones ya tomadas de forma emocional o intuitiva, una capacidad clave para la coordinación social.
La conclusión es que la mente no está rota: debe evaluarse por su eficacia en entornos reales, no por su cumplimiento de las leyes de la probabilidad formales. La racionalidad humana es limitada, contextual y práctica, diseñada para permitirnos llegar al día siguiente con información incompleta y tiempo restringido.
