Pangram, una startup de 24 empleados con sede en un local encima de un Popeyes en Brooklyn y 13 millones de dólares recaudados, se ha convertido en el árbitro de referencia para determinar qué porcentaje de un texto fue generado por inteligencia artificial. Fundada por Max Spero, de 30 años, y Bradley Emi —ambos ex de Google y de empresas de vehículos autónomos—, la compañía utiliza una técnica llamada "espejado sintético" para entrenar a su modelo comparando escritura humana con imitaciones producidas por grandes modelos de lenguaje.
La visibilidad de Pangram despegó en enero, cuando Spero publicó en X que la novela autopublicada Shy Girl, de Mia Ballard, era un 78 % generada por IA; Hachette canceló poco después su publicación tradicional. A ese caso le siguieron acusaciones similares contra un artículo de la columna Modern Love del New York Times, un ganador del Commonwealth Short Story Prize, la novela Daggermouth y el thriller Call Me, I'll Hide the Body. En julio, Substack anunció la integración de Pangram en su plataforma para que los lectores pudieran identificar posibles usos de IA.
La herramienta cuenta con críticos feroces en el sector editorial. La autora y experta editorial Jane Friedman afirma que existe "asco y rabia" hacia los detectores de IA, a los que muchos consideran tan dañinos como las propias empresas de inteligencia artificial. Pangram defiende que sus conjuntos de datos están correctamente licenciados y que su tecnología es menos hambrienta de datos que la de los grandes modelos generativos. El reportaje también revela irregularidades: el manuscrito de Ballard se obtuvo de un sitio de piratería, y la difusión inicial al New York Times pasó por un ejecutivo de cuentas de Pangram, no por Spero directamente. Competidores como Originality.ai, GPTZero y Turnitin ya operaban en este nicho antes del despegue de Pangram.
