Durante décadas, la Marina de los Estados Unidos ha dominado los océanos, proyectando poderío militar a lo largo del mundo. Sin embargo, la situación actual en el Estrecho de Ormuz, donde la Marina estadounidense se mantiene a distancia mientras Irán controla el tránsito de barcos, plantea una pregunta fundamental: ¿por qué la Marina, con su enorme poderío, no puede simplemente despejar el estrecho? La respuesta reside en un cambio fundamental en la naturaleza de la guerra naval, impulsado por la proliferación de sistemas de defensa costera.
Históricamente, la potencia naval estadounidense se basó en la capacidad de proyectar poder desde portaaviones, como se demostró durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Vietnam (con la base de “Yankee Station” a 90 millas de la costa vietnamita). Esta estrategia funcionó porque la superioridad tecnológica estadounidense era abrumadora y las costas estaban relativamente desprotegidas. Sin embargo, a finales de la década de 1990, Irán comenzó a construir una infraestructura de defensa costera en islas estratégicas dentro del Estrecho de Ormuz, incluyendo la instalación de misiles anti-buque en búnkeres reforzados. Esto marcó el inicio de la era de la “denegación de acceso y área” (A2/AD), donde las defensas costeras pueden neutralizar la superioridad naval.
Irán no fue el único en reconocer esta tendencia. China, observando la estrategia iraní, desarrolló sus propios sistemas de misiles anti-buque, como la serie DF “Dong Feng”, capaces de alcanzar y atacar barcos estadounidenses a gran distancia. Estos sistemas, combinados con la capacidad de Irán para desplegar minas y sistemas no tripulados, hacen que cualquier intento de la Marina estadounidense de forzar el paso por el Estrecho de Ormuz sea extremadamente arriesgado y costoso. La pérdida de buques, especialmente portaaviones, tendría un impacto significativo, considerando el declive de la industria de construcción naval estadounidense.
La experiencia reciente en la guerra de Ucrania contra Rusia, donde la flota rusa del Mar Negro fue efectivamente neutralizada por ataques con misiles y drones, sirve como un ejemplo más de la vulnerabilidad de las fuerzas navales modernas frente a sistemas A2/AD. Intentar una operación anfibia para asegurar el Estrecho de Ormuz sería igualmente ineficaz, ya que Irán puede fácilmente amenazar las operaciones marítimas desde posiciones seguras en tierra.
En resumen, la era de la proyección de poder naval ilimitada cerca de costas bien defendidas ha terminado. La proliferación de sistemas A2/AD, como los desarrollados por Irán y China, ha cambiado el panorama estratégico, obligando a la Marina estadounidense a replantear su doctrina y a buscar nuevas formas de operar en un mundo donde la superioridad tecnológica ya no garantiza la victoria. La solución no es una fuerza bruta, sino una adaptación a esta nueva realidad, que implica considerar alternativas a la tradicional proyección de poder naval.
