OpenAI lanzó el mes pasado ChatGPT Work, una versión de su herramienta Codex orientada a profesionales no técnicos como contables, abogados, médicos y analistas, disponible en su suscripción de 20 dólares mensuales. El producto permite que un modelo de lenguaje ejecute tareas de varios pasos conectándose a correos, Slack, Notion o Figma, en lugar de limitarse a responder preguntas. Andrew Ambrosino, ingeniero líder de la aplicación de escritorio, y Tibault Sottiaux, responsable del producto, defienden que el objetivo es llevar las capacidades agentivas que ya usan los programadores al resto de trabajadores de oficina.
La compañía cita un estudio interno según el cual el 98% de sus empleados usaba Codex en junio, frente al 17% de los suscriptores organizacionales y menos del 1% de los individuales. Esa brecha explica por qué OpenAI rediseñó la interfaz con botones y menús más intuitivos, en un equilibrio entre potencia para expertos y accesibilidad para el usuario medio. Competidores verticales como Harvey, para abogados, o Clay, para ventas, persiguen esos mismos nichos con un enfoque agnóstico de modelo.
Analistas como Christian Catalini, de a16z, advierten de que si los laboratorios no consiguen los activos complementarios para escalar la IA en el mercado, el valor se desplazará a otros actores. OpenAI asegura que la app conjunta la usan 20 millones de personas, frente a los más de 1.000 millones que, según la empresa, utilizan ChatGPT online.
