Oklahoma City se convirtió en 2007 en una de las ciudades con mayor índice de obesidad de Estados Unidos. Su alcalde, Mick Cornett, descubrió que él mismo era clínicamente obeso, perdió cerca de veinte kilos y lanzó una campaña colectiva para que la ciudad adelgazara un millón de libras. Miles de vecinos se sumaron al reto, pero la iniciativa puso en evidencia que el problema no podía explicarse solo por la voluntad individual.
Cuando Cornett recorrió la ciudad, encontró un entorno construido para el coche: barrios sin aceras continuas, cruces pensados para el tráfico rodado y comercios demasiado alejados para ir a pie. La experiencia coincidió con estudios científicos que relacionaban la caminabilidad de los barrios con menores índices de masa corporal y menores tasas de obesidad y diabetes.
En lugar de limitarse a recomendar dieta y ejercicio, Oklahoma City comenzó a invertir en parques, senderos, aceras, carriles bici y espacios públicos a través del programa MAPS, con el objetivo de devolver el protagonismo al peatón. El caso ilustro cómo el urbanismo puede inclinar miles de decisiones cotidianas hacia una vida más activa o más sedentaria, con la misma fuerza que los hábitos alimentarios.
