El nutricionista Rubén Álvarez advierte de que suprimir la cena de forma habitual no es una estrategia que pueda recomendarse de forma generalizada, ya que la cena representa la última oportunidad del día para aportar al organismo las calorías y nutrientes necesarios antes del ayuno nocturno. Aunque algunas personas toleran bien un protocolo de ayuno intermitente supervisado por un especialista, eliminar esta comida puede provocar un aumento del hambre al día siguiente y empujar hacia elecciones alimentarias menos saludables. Además, la comida y la cena suelen ser las ingestas en las que más fácilmente se incluyen verduras, hortalizas y proteínas de calidad, por lo que prescindir de una de ellas dificulta cubrir las necesidades diarias de vitaminas, minerales, fibra y proteína.
Álvarez señala que, si alguien decide no cenar, debe asegurar el resto del día una ingesta suficiente de verduras, frutas, legumbres, frutos secos y fuentes de proteína. Aun así, reconoce que en la práctica resulta más sencillo cubrir todos los requerimientos cuando las comidas están bien repartidas. El especialista recomienda cenar ligero y con entre dos y tres horas de antelación antes de dormir, ya que la evidencia apunta a que concentrar las ingestas en las horas de mayor actividad y evitar cenas tardías beneficia el control glucémico, la digestión y la calidad del sueño. Una cena equilibrada, según Álvarez, debe incluir una ración generosa de verduras u hortalizas, una fuente de proteína de calidad —pescado, huevos, carnes magras, legumbres o lácteos— y, para personas activas, una pequeña ración de hidratos como patata, boniato, arroz o quinoa, ajustada a las necesidades individuales.
