Un usuario que cambió su iPhone Pro por el iPhone Air comparte, tras nueve meses de uso diario, una valoración detallada de lo que implica convivir con el modelo más delgado de Apple. El artículo repasa, sección por sección, los principales compromisos del dispositivo y las sorpresas —algunas positivas, otras no— que han aparecido con el uso prolongado.
En el diseño, el autor reconoce que el grosor reducido impresiona al principio a casi cualquiera que lo sostiene, pero tras casi un año esa sensación se diluye y el teléfono acaba pareciendo «normal», lo que le lleva a preguntarse si merece la pena asumir renuncias solo para conseguir un cuerpo aún más fino. La pantalla, de tamaño intermedio entre el Pro y el Pro Max, es uno de los puntos favoritos: lo bastante grande para juegos y vídeos sin resultar incómoda, y permite incluso acoplar lectores electrónicos compactos como el Xteink.
En fotografía, la cámara principal rinde bien —mejorada con apps como Project Indigo o Halide para reducir el aspecto sobreprocesado—, pero la ausencia de un segundo sensor se nota: no hay ultra gran angular para el modo macro ni teleobjetivo para escenas lejanas, algo que el autor echa especialmente de menos. El altavoz único reduce el volumen máximo y sesga el audio hacia la parte superior del teléfono. La autonomía, sorprendentemente buena al principio frente a un iPhone 15 Pro, ha ido degradándose con la llegada del calor y ya no aguanta una jornada entera de forma fiable. El autor cierra recomendando el iPhone Air solo a quien priorice un diseño singular por encima del resto de prestaciones.
