En un ensayo dirigido a profesionales recién incorporados a un equipo de ingeniería, un autor con experiencia sénior sostiene que cerrar tareas no es lo que más valoran los ingenieros veteranos al evaluar a un nuevo compañero. El texto describe un proceso informal de clasificación en tres niveles (A, B y C) que, según explica, los ingenieros más experimentados aplican de forma tácita durante los primeros meses de un recién llegado.
La primera criba consiste en separar a los futuros Rendimiento Sólido (B) de quienes probablemente no llegarán al año (C). Las señales de C incluyen código que no funciona, falta de comunicación, incumplimiento crónico de estimaciones o generar trabajo extra a revisores, equipos de guardia o DevOps. Intentar aparentar trabajo no realizado, advierte, marca a la persona como C de inmediato.
La segunda criba distingue a los A, cuyo rasgo diferencial no es la cantidad de tareas cerradas, sino la velocidad de aprendizaje. Entre las señales propias de un A están cuestionar si la tarea es necesaria, identificar el 20% del trabajo que aporta el 80% del valor, proponer varias implementaciones, simplificar código adyacente, entregar cambios pequeños y frecuentes con pruebas unitarias sólidas, o actuar como revisor perspicaz. Todas estas conductas, señala el autor, comparten un rasgo: exigen más tiempo que el mínimo indispensable para cerrar la tarea.
El ensayo cierra con una reflexión: los séniors contratan a los juniors como prima de una opción sobre el ingeniero en que se convertirán, por lo que invierten en quienes demuestran capacidad de crecer más allá de la simple ejecución.
