El programador James Stanley, propietario de una pequeña instalación solar de 16 paneles instalada hace unos 15 años, realizó un experimento controlado para medir el efecto de la limpieza sobre la producción eléctrica. Su instalación cuenta con un inversor que reporta la potencia de cada uno de los dos bancos de ocho paneles por separado, lo que permite comparar la ratio de producción entre ambos y descontar así el efecto de nubes o del ángulo solar.
Stanley lavó progresivamente los paneles de un solo banco y registró la evolución de la ratio. El resultado fue un incremento de potencia del 2% al 5% tras la limpieza, lo que traducido a dinero se traduce en 60-150 libras anuales, una cifra que se iría reduciendo con el tiempo a medida que los paneles se vuelvan a ensuciar. El autor concluye que la limpieza "apenas merece la pena", aunque matiza que en su caso los paneles solo estaban "visiblemente polvorientos" y no muy sucios, por lo que instalaciones más sucias obtendrían mejoras mayores.
Durante el experimento también experimentó una pequeña descarga eléctrica, que atribuyó a una "fuga capacitiva" del inversor sin transformador. Además, plantea la cuestión de si merece la pena sustituir los paneles por unos más modernos, que aumentarían la producción un 60% por unas 5.000 libras, con un retorno en tres años. Sin embargo, la tarifa de alimentación (feed-in tariff) de la que disfruta su instalación antigua es hasta cuatro veces más ventajosa que la actual, y la potencia adicional ya no la acogería, lo que convierte la mejora en económicamente inviable.
El artículo ilustra, con datos y método transparente, cómo las políticas de incentivos distorsionan decisiones técnicas: lo que ayer incentivó la instalación de placas se convierte hoy en un freno para modernizarlas.
