Una programadora que se declara escéptica de la inteligencia artificial relata cómo el uso creciente de herramientas como Cursor y ChatGPT en su trabajo ha comenzado a transformar su forma de resolver problemas en la vida cotidiana, hasta el punto de afectarle aficiones que practica por el placer del proceso. La autora explica que disfruta programar, tejer y cocinar de forma manual precisamente por el esfuerzo que implican, pero que recientemente, al detectar un error en un patrón de punto de un jersey complicado, su primer impulso fue recurrir a ChatGPT para solucionarlo en lugar de descifrarlo por sí misma.
El texto describe cómo el hábito de delegar tareas tediosas y pedir explicaciones a la IA en un proyecto laboral complejo con React ha reducido su tolerancia al esfuerzo en actividades ajenas al trabajo. La autora plantea que no puede aislar la manera en que resuelve problemas en la oficina del resto de su vida, y se pregunta hasta dónde puede llegar esa delegación cognitiva, citando casos como el de externalizar conversaciones con sus hijos a ChatGPT.
Aunque no ofrece respuestas definitivas, la autora destaca que, tras ese primer impulso, decidió analizar cómo abordaría el problema la IA y cómo lo abordaría ella, y optó por seguir luchando con la lana por su cuenta. Concluye que la IA aún no ha arruinado su cerebro, pero que seguirá vigilándolo. La pieza funciona como una reflexión accesible sobre el coste cognitivo del uso cotidiano de asistentes de inteligencia artificial, más allá del debate ético o ambiental habitual.
