Marco Junio Bruto: la traición que cambió el destino de la República romana

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En la Roma republicana, la lealtad era un vínculo personal frágil que se rompía cuando cambiaban las alianzas, los favores o las ambiciones. Un senador podía sostener a un dirigente y combatirlo después si creía que amenazaba a la República, a su linaje o a su carrera. Esa lógica explica la decisión más célebre de la Antigüedad romana: la participación de Marco Junio Bruto en el asesinato de Julio César, el 15 de marzo del 44 a.C. dentro de la Curia de Pompeyo. César lo había perdonado tras la guerra civil, le había concedido el gobierno de la Galia Cisalpina y la pretura urbana, y aun así Bruto se unió a la conjura en la que le asestaron 23 puñaladas. Sobre él pesaba además la herencia familiar: la tradición lo vinculaba con Lucio Junio Bruto, supuesto fundador de la República, y los mensajes en la tribuna del pretor —entre ellos el célebre «Bruto, ¿duermes?»—, junto a las cartas de Cicerón y la presión de Casio y Porcia, lo empujaron a actuar. La frase shakesperiana «¿Tú también, Bruto?» no figura como certeza en las fuentes antiguas, aunque Suetonio y Dion Casio transmiten una versión en griego, «¿Tú también, hijo mío?», que tampoco puede darse por segura. Tras el magnicidio, el plan político fracasó: el Senado aprobó una amnistía, Antonio leyó el testamento de César y excitó al pueblo contra los asesinos, y en Filipos (42 a.C.) Bruto fue vencido y se suicidó. La República que pretendía salvar dejó paso al Imperio de sus herederos.