Un desarrollador de software firma un breve manifiesto en el que denuncia el avance de la inteligencia artificial y sus consecuencias sobre las personas y el medio ambiente. Defiende que programar —como cualquier oficio creativo— es ante todo un ejercicio intelectual ligado a la satisfacción de resolver problemas, y que delegar ese trabajo en máquinas equivale a desactivar el incentivo de pensar, igual que ocurre con los videojuegos en modo trampa. A partir de ahí, el texto amplía la crítica más allá del código: cuestiona la delegación de las demostraciones matemáticas en la IA, reivindica el valor del camino frente al resultado y recuerda que los límites cognitivos forman parte de la condición humana.
El segundo eje del ensayo es ecológico. El autor sostiene que la inteligencia artificial requiere enormes cantidades de energía y agua, recursos que el planeta no puede asumir, y vincula su despliegue con el calentamiento global, que califica de problema antropogénico derivado de décadas de contaminación activa y pasiva. Denuncia el consumo ostentoso, el turismo masivo y la concentración de poder político y económico como males estructurales que también impulsan la expansión de la IA. Cierra con una llamada a reducir la población mundial, priorizar la ecología y asumir que cada decisión individual, sumada, define el futuro colectivo.
