Las magnolias figuran entre las flores más antiguas del planeta: existen desde hace más de 100 millones de años, cuando los dinosaurios aún poblaban la Tierra. Su origen precede a las abejas y mariposas, por lo que establecieron una relación de polinización con los escarabajos, insectos presentes en los ecosistemas terrestres desde hace aproximadamente 300 millones de años.
Esta alianza ancestral queda reflejada en la propia estructura y aroma de la flor. Las magnolias presentan flores grandes y en forma de cuenco, una configuración que facilita la entrada del escarabajo. Sus pétalos, gruesos y de consistencia coriácea, resisten los movimientos bruscos del insecto en el interior de la flor, a diferencia de los pétalos delicados de otras especies. El colorido de la magnolia es discreto, ya que los escarabajos se orientan principalmente por el olfato. Precisamente, su intenso aroma, que imita el olor de la fruta en fermentación, actúa como principal reclamo para atraer a estos polinizadores.
A diferencia de las abejas o las mariposas, los escarabajos no se posan sobre la flor para libar néctar; la polinización resulta de un proceso casi accidental. Mientras buscan alimento entre los pétalos, su cuerpo se impregna de polen, que trasladan a las flores sucesivas en sus recorridos. El género fue bautizado en honor al botánico francés Pierre Magnol (1638-1715), precursor de la clasificación moderna de las plantas. Esta estrategia, perfeccionada por la evolución a lo largo de millones de años, sigue vigente: las magnolias continúan floreciendo cada primavera con el mismo mecanismo que aseguraba su reproducción en el Mesozoico.
