Luiz Inácio Lula da Silva ha logrado su cuarto mandato presidencial en Brasil, consolidando una remontada histórica tras una primera vuelta en la que su rival, el senador ultra Flávio Bolsonaro, lideraba la carrera. La victoria, que se ha cerrado con el 51,79% de los votos frente al 48,21% de Bolsonaro, marca un punto de inflexión en la política brasileña, devolviendo el control del país a la izquierda progresista tras una década de polarización extrema. El veterano líder de 81 años, quien asumió el cargo en 2003, ha descrito el resultado como "una derrota para el negacionismo", mientras que su oponente se ha negado a aceptar la derrota, alegando irregularidades en el horario de votación, una queja que ambas partes habían solicitado previamente por motivos distintos.
La campaña de Lula, que comenzó a recuperarse tras la primera vuelta, se impulsó por una fuerte movilización de base y una masiva presencia en redes sociales, logrando una consolidación del resurgimiento democrático que Brasil ha disfrutado desde el retorno a la democracia en 1985. Según Tom Phillips, corresponsal de The Guardian en Latinoamérica, esta victoria no solo es un regalo de cumpleaños anticipado para Lula, sino que representa la garantía de estabilidad a corto plazo. Durante su mandato anterior, Lula ha logrado reducir la deforestación en la Amazonía en más de un 70%, ha apoyado a los pueblos indígenas y ha combatido la minería ilegal, logros que los ambientalistas habían temido que se revirtieran bajo la gestión de Bolsonaro, quien prometía alinear Brasil más estrechamente con Washington.
El contexto internacional añade una capa de complejidad a esta victoria. Aunque el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no ha respaldado directamente a Lula, su administración ha mostrado un interés claro en mantener a líderes en el hemisferio occidental que apoyen sus políticas de defensa, seguridad y comercio, reduciendo la influencia de China. Brasil, rico en petróleo y minerales raros, es el único gran país de Sudamérica no gobernado por un líder de extrema derecha, y Lula ha insistido en que el país "nunca encajará en el patio trasero de nadie", desafiando así las presiones de la administración trumpista. Sin embargo, la relación entre la Casa Blanca y Brasilia podría verse tensa, dado que la administración de Trump ha apoyado a candidatos conservadores en otros países de la región, como Colombia y Honduras, para alinear sus intereses estratégicos.
A pesar del entusiasmo de los seguidores de Lula, el camino hacia el gobierno será lleno de obstáculos. El nuevo mandato comenzará el 5 de enero de 2027, y Lula deberá gobernar junto al Congreso más a la derecha de la era democrática brasileña, donde el Partido Liberal (PL) de Bolsonaro ha obtenido las mayores ganancias electorales. Más de la mitad de los votantes (48,21%) eligió a Bolsonaro, lo que indica un país profundamente dividido. Lula, quien ha prometido un "nuevo modo de gobernar" para unir los polos políticos opuestos, enfrenta el reto de mantener la cohesión social mientras su oponente continúa generando tensión política. La edad avanzada del presidente (85 años al final de su cuarto mandato) y la polarización extrema podrían hacer que este nuevo ciclo sea más difícil de gestionar que sus tres mandatos anteriores, pero la victoria demuestra que la base social de Lula sigue siendo la fuerza dominante en el país, capaz de revertir las tendencias populistas que habían dominado la primera vuelta.
