El reciente libro de Alec Nevala-Lee rescata la figura del físico estadounidense Luis W. Alvarez, cuya trayectoria quedó en segundo plano frente a la de J. Robert Oppenheimer, su director científico en el Proyecto Manhattan. Mientras Oppenheimer encarna el dilema moral del científico tras el poder destructor de su creación, Alvarez representa la vertiente del experimentador brillante, versátil y sin escrúpulos éticos, que vio en el programa atómico una plataforma para una carrera científica de excepción.
Doctorado en física por la Universidad de Chicago en 1936, Alvarez se incorporó al Laboratorio de Radiación de Berkeley dirigido por Ernest O. Lawrence, donde confirmó experimentalmente el fenómeno de captura K. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó primero en el Laboratorio de Radiación del MIT, donde desarrolló sistemas de radar decisivos —entre ellos el radar de aproximación controlada desde tierra, el sistema de alerta temprana por microondas, el sistema de bombardeo de alta altitud Eagle y la técnica Vixen contra los U-Boot— al frente de una división apodada "Luie's Gadgets".
Posteriormente fue reclamado por Oppenheimer a Los Alamos, donde resolvió el problema crítico de la simultaneidad —del orden de nanosegundos— en la detonación de las lentes explosivas de la bomba de plutonio. Participó como observador instrumental en el bombardeo de Hiroshima a bordo del B-29 Great Artiste, gracias a la autorización del general Leslie Groves, tras ser apartado del ensayo Trinity por orden de Oppenheimer. Tras la guerra, obtuvo el Premio Nobel de Física en 1968 y desarrolló una prolífica carrera que incluyó investigaciones sobre el asesino de Kennedy, la extinción de los dinosaurios por impacto de asteroide y prospecciones radiológicas en pirámides egipcias. El texto examina tanto sus logros técnicos como la ausencia de remordimientos que manifestó tras Hiroshima.
