Este artículo es una reflexión personal y detallada sobre la experiencia de un desarrollador que lleva veinte años intentando adoptar Linux como su sistema operativo principal, sin lograrlo de forma definitiva. El autor admira Linux y a los desarrolladores que lo usan, sintiendo que dominarlo le permitiría ser más productivo y estar a la altura de sus referente técnicos. Sin embargo, cada intento termina con su regreso a Windows.
La problema central no es que Linux no funcione, sino la impredictibilidad de los problemas que surgen. Mientras que las fricciones de Windows (como el inicio de sesión de Microsoft 365, las sugerencias de Edge o los widgets en el menú Inicio) son conocidas y rápidas de resolver, los problemas de Linux suelen ser impredecibles y costosos en tiempo: actualizaciones que fallan sin razón aparente, sitios web que tardan veinte segundos en cargar sin causa aparente, o notificaciones técnicas incomprensibles sobre límites del sistema.
El autor relata cómo su última experiencia con Fedora fue positiva al principio, pero desarrollaron dos problemas graves: el navegador comenzó a cargar páginas extremadamente lento y la utilidad de actualizaciones se quedó congelada. Aunque la comunidad fue útil, el tiempo perdido resolviendo estos problemas fue desproporcionado comparado con cualquier inconveniente en Windows.
La conclusión es pragmática: Windows funciona predictiblemente, aunque requiera limpieza inicial y Microsoft "ensucie" funciones con IA. El autor necesita una máquina que funcione sin dedicar horas a troubleshootings. Quizás pruebe Linux novamente el próximo año, reconociendo que su frustración podría ser simplemente una forma de postergar el trabajo real.
