En 1932, el arquitecto libanés Nasri Khattar entró como sustituto en una clase de mecanografía árabe en la Universidad Americana de Beirut. Un error al teclear le reveló que, simplificando las variantes de cada letra, el árabe podía escribirse a máquina sin perder legibilidad. Nacía así el proyecto Unified Arabic (UA), un alfabeto de 30 formas —una por letra, más hamza y lam alef— que eliminaba las decenas de variantes posicionales y ligaduras del sistema árabe tradicional, que podía superar los 150 glifos por fuente.
Khattar, formado en Yale y aprendiz de Frank Lloyd Wright, concibió UA como una herramienta de democratización de la lectura en un mundo árabe marcado por el analfabetismo y la escasez de libros tras siglos de dominio otomano. IBM acogió el proyecto por sus implicaciones sociopolíticas: en 1947 envió a Khattar como «embajador» ante el rey Faruk de Egipto, con seis máquinas eléctricas cargadas de caracteres UA y muestras del primer capítulo del Corán.
El educador Frank Laubach convirtió a Khattar en aliado de su campaña mundial contra el analfabetismo, al comprobar que adultos iletrados aprendían a leer mucho más rápido con las letras UA. Una beca de la Fundación Ford permitió crear en 1957 la Unified Arabic Alphabet Foundation en Beirut, dedicada a producir tipos metálicos, manuales escolares y exposiciones. Aunque la Academia de la Lengua Árabe de El Cairo rechazó sus propuestas, UA dejó un legado tipográfico y pedagógico que sigue alimentando debates sobre cómo simplificar la escritura para universalizar la lectura.
