El condado de Loudoun, en Virginia, concentra unos 250 centros de datos en solo una pequeña fracción de sus 515 millas cuadradas, la mayor densidad del mundo, y se ha ganado el apodo de «Data Center Alley». Lo que comenzó como una estrategia del responsable de desarrollo económico Buddy Rizer para reutilizar las infraestructuras vacías tras el estallido de la burbuja puntocom y la caída de AOL se convirtió en dos décadas de prosperidad fiscal: la mitad de los ingresos del condado proceden hoy de fuentes comerciales, se han construido 22 escuelas nuevas en 15 años y la tarifa del impuesto sobre la propiedad residencial ha caído de 1,29 a 0,80 dólares por cada 100 dólares de valor tasado desde 2008.
Ahora, la expansión sin precedentes de la inteligencia artificial generativa ha acelerado la construcción de centros de datos en todo el país —hay 3.000 en funcionamiento y 1.500 en desarrollo, según Pew Research—, y los residentes de Loudoun empiezan a notar las molestias: el zumbido constante, las torres de transmisión sobre zonas verdes y el miedo a que un centro de datos se levante junto a sus casas. Rizer, que ha cerrado operaciones por valor de 70.000 millones de dólares en su carrera, reconoce que nunca había visto «el vitriolo y el odio» asociados a estos proyectos.
La oposición se ha extendido a otros estados. Nueva York y Texas han frenado nuevas construcciones por el impacto en sus redes eléctricas, y los sondeos nacionales muestran que la mayoría de los estadounidenses no quiere vivir cerca de un centro de datos. Para los vecinos de Loudoun, su condado es el «canario en la mina» que anticipa el futuro al que se encamina el resto del país.
