Sensores instalados en el Bioparc de Valencia han registrado una diferencia de 13 grados en la sensación térmica entre las zonas arboladas del parque y el asfalto de las calles circundantes en pleno julio. Los datos, difundidos por la Cadena SER, se suman a la evidencia científica que durante años ha documentado el papel de la vegetación como escudo frente al calor extremo en las ciudades.
El descenso no implica que los árboles enfríen el aire de forma mágica, aclaran los expertos: lo que se desploma es la carga radiante que recibe el cuerpo. Índices como el PET (Temperatura Equivalente Fisiológica) miden el confort térmico combinando temperatura del aire, humedad, viento y, sobre todo, la temperatura radiante media. Estudios previos cifran entre 9,4 y 17,1 grados la reducción del PET que proporciona el sombreado urbano.
Las copas de los árboles bloquean la radiación solar directa, lo que elimina el efecto horno sobre la piel. Además, al ser organismos vivos, absorben agua por las raíces y la liberan por las hojas en forma de vapor, un proceso que consume energía térmica del entorno. Así, la vegetación actúa como un aire acondicionado natural, a diferencia de toldos o pérgolas, que se calientan e irradian calor.
Organismos como la Red de Ciudades por el Clima ya promueven guías técnicas para integrar refugios climáticos en la planificación urbana, entendidos como espacios con condiciones térmicas seguras para la población vulnerable durante olas de calor. Un parque con árboles de copa ancha y densa se considera uno de los mejores ejemplos de estos refugios.
