Los vidrios de baja emisividad (low-E) son una tecnología eficiente que mantiene los edificios frescos en verano y cálidos en invierno, gracias a una fina capa metálica u óxido metálico que refleja la radiación infrarroja. Sin embargo, cuando el cristal presenta una ligera curvatura, actúa como una lente y concentra los rayos solares reflejados en un punto o una línea, con capacidad para carbonizar tarimas de madera, derretir césped artificial y dañar plantas.
En un caso documentado, una serie de incendios se originó en los vidrios low-E recién instalados por el vecino. Tras tres siniestros en una semana, el propietario afectado trasladó un depósito de propano situado cerca del foco de calor. Aunque los arquitectos ya conocen el riesgo de los cristales curvos en grandes edificios —los llamados «rayos de la muerte»—, la versión doméstica puede pasar desapercibida, porque cualquier ventana low-E con defectos de fabricación podría actuar como iniciadora de un fuego.
