Los santos Barlaam y Josaphat, venerados durante siglos por iglesias católicas y ortodoxas, no son personajes originales de la tradición cristiana: su relato procede directamente de la vida del Buda Gautama. La historia del príncipe indio Josaphat —aislado por su padre, expuesto al sufrimiento, convertido por un ermitaño y finalmente retirado al desierto— reproduce con precisión la biografía de Siddhartha, y la cadena de transmisión así lo confirma. La primera versión cristiana conocida aparece en el siglo X en Georgia, con el título Balavariani, derivada a su vez de una versión árabe, el Libro de Bilawhar y Budhasaf. El nombre «Budhasaf» desciende del persa «Bodisav» y, en última instancia, del sánscrito «Bodhisattva»: las sucesivas traducciones fueron transformando la vida del Buda en una hagiografía cristiana.
La Iglesia católica incluyó a ambos santos en su martirologio, y varias iglesias ortodoxas aún los mencionan hoy. El relato se tradujo hasta Islandia y fue llevado por misioneros jesuitas al Japón en 1591. Aunque algunos historiadores occidentales habían señalado el paralelismo desde el siglo XV —hay constancia en una edición de los viajes de Marco Polo de 1446—, hubo que esperar hasta mediados del siglo XIX para que la crítica académica reconociera abiertamente el origen búdico de la historia.
Este caso ilustra un fenómeno más amplio: las religiones mundiales se han influido mutuamente durante siglos, reabsorbiendo lugares, festividades y relatos. Ejemplos van de la Mezquita-Catedral de Córdoba al Día de Muertos mexicano, pasando por los «Sutras de Jesús» del siglo VII, que reformulaban enseñanzas cristianas en clave taoísta y budista.
