La migración canaria a América, que se extendió desde el siglo XVII hasta principios del siglo XX, estuvo marcada por una profunda discriminación social y estereotipos negativos en los países de acogida. Según estudios de la Universidad de La Laguna, los canarios, predominantemente campesinos y analfabetos, fueron percibidos como 'blancos pobres' o 'brutos', diferenciándose de la élite blanca peninsular. En Venezuela, Cuba, Puerto Rico y Uruguay, términos como 'comegofio' o 'musiú' se usaban para referirse despectivamente a estos migrantes, quienes ocupaban roles laborales precarios en la agricultura y la construcción.
El historiador Manuel Hernández señala que, aunque los canarios eran considerados 'menos extranjeros' que otros españoles, su posición social era inferior a la de los cántabros o vascos, quienes se creían parte de la nobleza. La esclavitud jugó un papel crucial en esta jerarquía, ya que muchos canarios tenían origen mulato y eran registrados como 'pardos' en registros de bautismo. En Cuba, la migración masiva entre 1870 y 1930 vinculó a los canarios con el cultivo del tabaco y la caña de azúcar, mientras que en Venezuela, desde 1940, diversificaron sus profesiones en el comercio y el transporte.
El sistema de contratas en el siglo XIX, conocido como 'esclavitud blanca', obligaba a los canarios a trabajar en condiciones infrahumanas durante años para pagar pasajes. Un estudio de Alfredo Martín Fadragas revela que de los 900 canarios que trabajaron en la construcción del ferrocarril en Cuba en 1835, 156 fallecieron antes de cumplir el segundo año. Esta dinámica de explotación y discriminación, aunque con momentos de integración, definió la relación entre los canarios y las sociedades americanas, dejando un legado histórico de resistencia laboral y adaptación cultural.
