La tradición matemática rusa no nació en el siglo XIX, como suele creerse, sino que hunde sus raíces a comienzos del XVIII, cuando Rusia carecía aún de una cultura matemática sistemática. Su arranque fue institucional y casi abrupto: la voluntad de un soberano —Pedro el Grande— sumada a la llegada de una generación de genios extranjeros.
Pedro el Grande veía las matemáticas como una herramienta práctica para construir flotas, ejércitos y un Estado moderno. En 1724 firmó el decreto de fundación de la Academia de Ciencias, que abrió de forma póstuma, y cuyo núcleo debía ser la matemática. El filósofo alemán Christian Wolff, discípulo de Leibniz, se encargo de reclutar a los primeros miembros. Su estrategia fue clave: convenció a los hermanos Daniel y Nikolaus Bernoulli de que se unieran a la nueva Academia en San Petersburgo, y ellos, a su vez, llevaron consigo a un joven prometedor de veinte años llamado Leonhard Euler.
Euler llegó a San Petersburgo en 1727 y permaneció en Rusia treinta y un años, en dos periodos separados por su estancia en Berlín con Federico II. Allí aprendió ruso, escribió cerca de 900 trabajos científicos y formó a la primera generación de matemáticos locales; sus Opera Omnia, aún en curso, ocuparán 72 volúmenes. En paralelo, Mijaíl Lomonósov —poeta admirado pero científico incomprendido— encontró en Euler un defensor inesperado frente a los intentos académicos de marginarlo.
Tras Euler y Lomonósov llegó la primera generación rusa de matemáticos propiamente dicha. Mijaíl Ostrogradski formuló de manera rigurosa el teorema de la divergencia (Gauss-Ostrogradski), amplió el cálculo variacional de Euler y Lagrange y enunció el teorema de inestabilidad que aún condiciona la física teórica contemporánea; además, fundó la primera escuela rusa de análisis y mentoró a Víktor Bunyakovski, cuyo nombre cierra esta etapa y enlaza con la futura edad de oro de Chébishev, Márkov, Liapunov y Kolmogórov.
