El escritor británico J. G. Ballard (1930-2009) fue uno de los autores en lengua inglesa más singulares de los últimos ochenta años, aunque nunca encajó del todo en la corriente literaria dominante. Iniciada su carrera como autor de ciencia ficción y figura clave de la llamada New Wave en los años sesenta, su obra fue alejándose progresivamente del género: no exploró el espacio ni recurrió a robots o superordenadores, sino que abordó las catástrofes íntimas y cotidianas de la sociedad postindustrial avanzada. Esa extrañeza dentro de lo familiar —automoción, electrodomésticos, urbanizaciones—define novelas como Crash (1973), Concrete Island (1974) o Kingdom Come (2006), en la que anticipó un auge neofascista hoy reconocible. Su obra fue adaptada por directores de temperamentos opuestos como Steven Spielberg, David Cronenberg y Ben Wheatley. Christopher Priest y Nina Allan reconstruyen ahora esa trayectoria en The Illuminated Man: Life, Death and the Worlds of J. G. Ballard (Bloomsbury Continuum, 2026, 496 páginas). Nacido en Shanghái en el seno de la colonia británica, Ballard vivió la invasión japonesa y pasó dos años y medio en un campo de internamiento durante la Segunda Guerra Mundial, experiencia que lo marcó como testigo temprano de la era nuclear. Trasladado a Inglaterra en 1945, publicó su primera novela en 1961 y escribió hasta poco antes de morir de cáncer. Viudo desde 1964, padre de tres hijos y vecino durante décadas del suburbio londinense de Shepperton, mantuvo una vida personal apacible que contrastaba con la violencia contenida de sus ficciones. La biografía traza la extraña alquimia con que Ballard convirtió su experiencia personal y los horrores del siglo XX en una narrativa extrañada y lúcida, sin reducir la obra a la biografía ni aceptar del todo la negativa del autor a reconocer su trauma.
