La costumbre de criar grillos como mascotas se originó en China en la Antigüedad, inicialmente por el canto que producen mediante la estridulación. A principios del siglo XII, los chinos empezaron a organizar peleas de grillos, una práctica que se perfeccionó durante la dinastía Qing y que hasta entrado el siglo XIX fue monopolio de la corte imperial. La cultura china también mantuvo como mascotas a cigarras y saltamontes, pero los grillos fueron los favoritos tanto en la Ciudad Prohibida como entre la población.
El mecenazgo imperial impulsó la artesanía de contenedores y habitáculos específicos para grillos. Las viviendas tradicionales adoptan tres formas: jaulas de madera, jarras de cerámica y calabazas, cada una con un uso distinto según la estación. Los jardineros imperiales cultivaban calabazas moldeadas a medida para cada especie, aunque esas técnicas se perdieron durante la Guerra Civil china y la Revolución Cultural. En contraste, la cultura japonesa del grillo como mascota, con al menos mil años de antigüedad, prácticamente desapareció en el siglo XX.
La captura de grillos en el campo se concentra en agosto y septiembre, y los ejemplares se venden en mercados de Shanghái y otras grandes ciudades; la temporada de peleas se extiende hasta el final del otoño, coincidiendo con el Festival de Medio Otoño y el Día Nacional. Los criadores chinos intentan hoy extender la actividad durante todo el año, pero la tradición estacional se mantiene. En Occidente, en cambio, los grillos resultan menos atractivos como mascotas por su corta vida: el desarrollo de huevo a imago dura entre uno y dos meses, y el adulto vive solo alrededor de un mes, lo que obliga a reponerlos con frecuencia. Esa misma rapidez de cría los convierte, no obstante, en una fuente de alimento barata y habitual para aves, reptiles y arañas en cautividad.
