En la primera mitad del siglo XIX, Estados Unidos dependió en gran medida del dinero falsificado para sostener su economía. El historiador Stephen Mihm, autor de 'A Nation of Counterfeiters', documenta cómo los falsificadores proporcionaron el crédito y el capital que impulsaron el crecimiento del país, en un sistema bancario carente de moneda emitida por el gobierno federal.
A diferencia de Inglaterra, donde la falsificación se castigaba con la horca, en Estados Unidos la proliferación de billetes falsos se convirtió en un problema estructural. Hacia 1830, los billetes falsificados eran comunes en todo el país, especialmente en las grandes ciudades, donde la proliferación de bancos emisores —solo en el estado de Nueva York había más de 300— hacía casi imposible distinguir los billetes auténticos de los falsos. Mihm estima que circularon más de 10.000 tipos de billetes bancarios, muchos de los cuales apenas se diferenciaban de las falsificaciones.
La escasez variaba por regiones. En el Medio Oeste, donde faltaba dinero legítimo, los falsificadores eran bienvenidos como proveedores de un medio de cambio necesario. En California, por el contrario, los mineros exigían billetes respaldados por oro y persiguieron a un falsificador de notas del Banco de Misuri hasta Nueva York. En el Sur, los falsificadores apenas operaban por miedo a la violencia de los grupos de vigilantes.
La delgada línea entre banqueros y falsificadores llevó a la opinión pública a equiparar la banca de reserva fraccionaria con una forma de falsificación legal. Un periodista escribió en 1837 que 'uno especula con la ley y el otro contra la ley, pero ambos son especuladores'.
La situación cambió con la Guerra Civil. Para financiar el conflicto, el Congreso autorizó la emisión de los United States Notes, respaldados únicamente por la fe y el crédito del gobierno federal, lo que convirtió la falsificación en una amenaza para la soberanía nacional. En 1865, el Servicio Secreto de Estados Unidos fue creado con el propósito específico de combatir la falsificación, y en 1876 frustró el intento de una banda de falsificadores de secuestrar el cadáver del presidente Abraham Lincoln para exigir la liberación de su grabador más hábil.
Mihm concluye que, en una nación 'pobre en oro y plata pero rica en promesas', los falsificadores merecen ser considerados capitalistas, pues proporcionaron gran parte del crédito que permitió a Estados Unidos convertirse en potencia económica.
