Los conejos, una especie invasora que hoy es común en el campo británico, no lo eran en la Edad Media. Durante los siglos XII y XIII, eran un lujo exclusivo reservado a la realeza y la aristocracia normanda, valorados por su carne y su piel. La evidencia documental, como el pago de decimales en 1176 y los regalos del rey Enrique III en 1235, confirma su escasez y su estatus de producto de élite, cuyo precio era cuatro o cinco veces superior al de las gallinas.
El cambio de paradigma ocurrió tras la Peste Negra (1346-1353). La mortalidad masiva de la población redujo la oferta laboral y aumentó los ingresos de los campesinos, permitiendo que el consumo de conejos se generalizara entre los estratos medios. La legislación de 1363, que restringía la vestimenta según el estatus social, reflejaba esta nueva movilidad social. Sin embargo, el aumento de la población de conejos también generó conflictos, con leyes contra la caza ilegal por parte de los artesanos y la nobleza, que temían subversiones. La cultura medieval también adoptó la imagen del conejo en la sátira, como se ve en manuscritos donde los conejos se vengaban de sus cazadores, reflejando la ironía social de la época.
