Los centros de datos de Estados Unidos triplicaron su consumo de agua en menos de una década, según un informe del Congressional Research Service (CRS) elaborado a partir de datos del Lawrence Berkeley National Laboratory. La estimación, que abarca el periodo comprendido entre 2014 y 2023, sitúa el consumo total en torno a 17.000 millones de galones (unos 66.000 millones de litros) en 2023, frente a los aproximadamente 21.200 millones de litros de 2014. El aumento coincide con el despegue de la inteligencia artificial generativa, que ha multiplicado la densidad de hardware en los centros de datos y, por tanto, sus necesidades de refrigeración y electricidad.
El agua como coste oculto de la IA. El informe del CRS distingue entre dos tipos de consumo hídrico: el directo, asociado a los sistemas de refrigeración de los propios centros de datos, y el indirecto, derivado de la generación eléctrica que alimenta esas instalaciones. Este segundo componente representa más del 80% de la huella hídrica total del sector. En conjunto, el agua consumida directamente por los centros de datos supone cerca del 2% del uso nacional de agua, una cifra aparentemente modesta pero que oculta un problema estructural: las nuevas salas dedicadas a inteligencia artificial consumen más electricidad que las infraestructuras tradicionales, lo que dispara la demanda tanto de refrigeración como de agua asociada a la producción energética.
Sistemas de refrigeración: el dilema del agua frente a la energía. Las instalaciones pueden optar entre refrigeración por aire, por líquido o por evaporación. Los evaporativos consumen grandes volúmenes de agua, pero son energéticamente eficientes; los sistemas sin agua, en cambio, reducen el consumo directo a costa de un mayor gasto eléctrico, desplazando parte del problema hacia las centrales eléctricas. Esta dinámica desmonta el reclamo de marketing de algunos operadores que se presentan como «sin agua»: la huella simplemente se traslada, no desaparece.
Datos fragmentados y opacidad. Uno de los principales obstáculos para evaluar el impacto real del sector es la ausencia de un registro federal sistemático. La gestión del agua es competencia estatal, y los requisitos de reporte varían de una jurisdicción a otra. La base de datos United States Water Withdrawals Database, desarrollada por la Universidad Virginia Tech, recopila información de 42 estados, pero su cobertura depende de las obligaciones locales de reporte. Además, los acuerdos entre operadores y municipios pueden incluir cláusulas de confidencialidad que impiden conocer las tarifas y volúmenes contratados.
Conflictos locales por el recurso. La presión sobre el agua ya ha generado litigios. En California, un proyecto de centro de datos de 330 MW pretende captar 287 millones de galones de agua procedente de tierras agrícolas en desuso, una disputa que enfrenta al sector tecnológico con las comunidades rurales. Mientras tanto, los proyectos de ley para mejorar la transparencia y promover la reutilización de agua avanzan con lentitud: según el sitio Data Center Water Leaks, solo tres de los veinte proyectos federales activos han superado la fase de comisión, y California y Arkansas han vetado iniciativas locales.
Europa toma ventaja regulatoria. La Unión Europea ha sido más proactiva. Su legislación reciente obliga a los operadores a reportar anualmente su consumo de agua dulce junto con otras métricas operativas. No obstante, grupos industriales como CISPE han advertido que una regulación hídrica demasiado estricta podría empujar a las empresas a instalar infraestructura fuera del bloque comunitario, una presión que la Comisión Europea ya está negociando.
Implicaciones y perspectivas. El informe del CRS advierte que sus cifras probablemente subestiman la situación actual: el boom de infraestructura de IA despegó con fuerza en 2023, por lo que el consumo puede haber crecido desde entonces. A la espera de sistemas de reporte uniformes, la huella hídrica del sector seguirá siendo una estimación nacional construida a partir de datos estatales incompletos. Mientras la inteligencia artificial gana peso en la economía, el agua que la sostiene permanece, en buena medida, oculta.
