El autor reflexiona sobre la limitación de los CAPTCHAs al demostrar que no validan la identidad humana, sino que asumen un conocimiento cultural específico. A través de dos ejemplos, ilustra esta crítica: primero, su experiencia en una prueba de coeficiente intelectual infantil donde una pregunta sobre monedas estadounidenses (nickels y dimes) resultó imposible de responder sin conocimiento previo de la moneda local, evidenciando la homogeneidad cultural del diseño. Segundo, su frustración con un CAPTCHA de Google que le pidió identificar taxis en Londres como negros, basándose en su conocimiento de que en Estados Unidos son amarillos, lo que sugiere que el algoritmo no reconoce la realidad local. El texto concluye con una broma sobre un problema de cambio en libras esterlinas, reforzando la idea de que estas pruebas dependen de estereotipos y contextos geográficos específicos, en lugar de ser una verificación neutral de la humanidad.
