El término «orgánico» se ha convertido en un argumento de marketing que explota la falacia de apelación a la naturaleza, sostienen voces científicas que desmontan los mitos difundidos por grupos como la Environmental Working Group (EWG) y su recurrente lista «Dirty Dozen». La industria de alimentos orgánicos movió 181.500 millones de dólares en 2022 —frente a 26.700 millones en 2010— con una tasa de crecimiento anual del 11,2%, un mercado nacido en 2002 sin base científica que respalde su supuesta superioridad. La principal razón por la que los consumidores eligen estos productos es la creencia de que son más sanos, seguros o nutritivos; sin embargo, los estudios disponibles no respaldan esa percepción. Además, su precio es alrededor de un 50% superior al de los alimentos convencionales, aunque producirlos solo cuesta entre un 5% y un 7% más, lo que convierte la diferencia en margen de beneficio puro. En Estados Unidos, «orgánico» únicamente certifica que el suelo no recibió sustancias prohibidas durante los tres años previos a la cosecha. La agricultura ecológica usa plaguicidas y fungicidas, solo que de una lista específica; el 95% de los consumidores de productos orgánicos citaba precisamente evitar los pesticidas como motivo principal de compra. Los pesticidas naturales no son intrínsecamente más seguros que los sintéticos: el sufijo «-cida» significa «matar» y la toxicidad depende de la dosis, no del origen. Los fungicidas orgánicos cobre y azufre requieren entre 2,5 y 20 veces más volumen por acre que los sintéticos para igualar su eficacia. La agricultura ecológica necesita un 84% más de superficie para obtener el mismo rendimiento y produce un 55% menos por área, lo que dificulta alimentar a los 8.100 millones de personas del planeta sin los agroquímicos convencionales.
Los alimentos orgánicos no son más sanos ni están libres de pesticidas
