Un usuario describe la odisea burocrática y tecnológica que supone acceder a su propia oficina tras cambiar de móvil. Para entrar al edificio no existen llaves físicas: el acceso depende de una aplicación móvil que requiere autenticación previa, lo que desencadena una cadena de pasos no exenta de fricción.
El proceso comienza con la descarga de la app de acceso, que solo permite iniciar sesión mediante magic links enviados por correo electrónico. Esto obliga a abrir un navegador, iniciar sesión en el email y, como las credenciales se almacenan exclusivamente en un gestor de contraseñas, descargar también esa herramienta y sincronizarla desde otro dispositivo. A continuación, la cuenta de correo exige una autenticación en dos pasos con un código OTP generado en Google Authenticator, por lo que hay que instalar también esa aplicación y obtener un código de un solo uso. Solo entonces se puede volver al correo, abrir el enlace mágico y, por fin, desbloquear la puerta.
El trámite no termina ahí, porque el edificio carece de cobertura wifi y el móvil nuevo todavía no tiene línea activa. Para activar la red celular es necesario entrar en la web del operador, superar una nueva verificación con OTP —esta vez enviado al correo ya abierto— y portar el número al nuevo dispositivo. Tras activar la línea y esperar la recepción, la puerta de la oficina queda, finalmente, desbloqueada.
El relato, de tono irónico, ilustra cómo la digitalización del acceso y la multiplicación de capas de seguridad pueden convertir una acción cotidiana en una tarea de una hora. También pone sobre la mesa los riesgos de depender exclusivamente de métodos digitales sin un plan de contingencia físico para los usuarios.
