En 1924, la productora Famous Players-Lasky llevó 14 bisontes a la isla californiana de Santa Catalina para rodar una película y los abandonó al término del rodaje. El propietario de la isla, el magnate del chicle William Wrigley Jr., los conservó e incluso sumó una decena más en 1934. Sin depredadores naturales, la población creció hasta los 524 ejemplares en 1987.
Un estudio de 2005 calculó que la isla, de unas 76 millas cuadradas útiles y con 22 áreas ecológicas sensibles y seis especies vegetales endémicas, solo podía sostener unos 200 bisontes. Tras intentos fallidos de traslado a reservas del continente —que rechazaron a los animales por presentar mezcla genética con ganado doméstico—, la Catalina Island Conservancy recurrió en 2009 a una vacuna inmunoanticonceptiva. El tratamiento redujo la tasa de natalidad del 67,4 % en 2010 al 0 % entre 2014 y 2016, pero resultó irreversible: al suspenderlo, los partos no se reanudaron.
En la actualidad sobreviven unos 80 bisontes, todos adultos y muchos cercanos a los 20 años, esperanza de vida habitual de la especie. El episodio ilustra los límites de las soluciones no letales de control poblacional y el legado de una introducción animal surgida de un rodaje cinematográfico.
