La narrativa weird constituye un modo ficcional emparentado con el terror, pero irreductible a él. Sus efectos principales son el miedo, el asco y el asombro, y sus motivos recurrentes incluyen tentáculos, horrores innombrables, científicos que descubren lo que no debían y artefactos con aura capaz de alterar el mundo. Para el teórico Mark Fisher, lo weird implica una sensación de extrañeza: una entidad tan ajena que parece no deber existir, o al menos no allí donde aparece.
El género se consolidó con la revista Weird Tales en su etapa dorada (1923-1939), especialmente a partir de la obra de H. P. Lovecraft. De raíces góticas, el weird se forjó en las páginas de publicaciones estadounidenses mediante los relatos comprimidos y fragmentarios de Edgar Allan Poe, cuyo horror trasladaba los motivos góticos a un espacio onírico sin coordenadas geográficas ni históricas claras. A través de Baudelaire y los simbolistas, la sensibilidad weird alcanzó a los decadentes ingleses y se cristalizó como modo artístico diferenciado hacia 1890.
En paralelo, el weird ha vivido una segunda juventud desde 2003, cuando M. John Harrison preguntó qué era el New Weird, etiqueta que adoptaron los estadounidenses Ann y Jeff VanderMeer y que cristalizó en antologías como The Weird (2011), con más de un centenar de relatos. Filósofos vinculados al realismo especulativo, entre ellos Eugene Thacker, Graham Harman y Mark Fisher, han analizado lo weird en la obra de Lovecraft, mientras que el mundo académico y editorial anglosajón ha multiplicado en la última década estudios, reediciones y nuevas colecciones dedicadas al género.
