El papa León XIV, Robert Prevost, cerró su visita a España con un programa de profundo contenido político y social centrado en la inmigración, la paz y la denuncia de la polarización. Sus intervenciones en el Parlamento español, en una cárcel, en un muelle de pateras de Gran Canaria y ante unos 500 supervivientes del paso del estrecho en Tenerife supusieron una confrontación directa con la ola ultraderechista mundial y con las políticas antiinmigración que, según el autor, contagian a la Unión Europea y a partidos como Vox, al que reprochó su petición de deportar a menores.
El pontífice reclamó una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración para los inmigrantes, llamó a gobiernos e instituciones a rescatar a las víctimas de las mafias en el Mediterráneo y defendió el derecho a no ser discriminado por origen nacional, étnico, religioso o lingüístico. Paralelamente, censuró el aborto y la eutanasia, evitó la autocrítica por los pecados de la Iglesia y no explicó la exclusión de las mujeres del sacerdocio.
En el Congreso, pidió a los diputados cuidar las palabras y no humillarse en los debates. Sin embargo, apenas 24 horas después, la sesión de control al Gobierno se saldó con los mismos insultos y ataques verbales habituales. El autor, no obstante, confía en que el mensaje papal quede en la memoria de los votantes católicos y obligue a la derecha democrática a elegir entre el seguidismo o la confrontación con la extrema derecha.
