Un reciente estudio repasó todas las estimaciones disponibles sobre la tasa de fracaso en ensayos clínicos desde los años sesenta y concluyó que el porcentaje apenas se ha movido en seis décadas. En los años sesenta, el 90% de los candidatos clínicos fracasaron; en los setenta, el 81%; en los ochenta, el 80%; en los noventa, el 88%; en los años 2000, el 91%; y en los 2010, también el 91%. Quien esto resume señala que las cifras de las últimas tres décadas son tan próximas que citar un 91% de fallos difícilmente se aleja de la realidad.
El texto especula sobre por qué los años setenta y ochenta registraron tasas algo menores:可能是 la era previa a la biología molecular plenamente implantada, con cribados fenotípicos en animales y dianas terapéuticas clásicas todavía por explotar, como la enzima convertidora de angiotensina o la HMG-CoA reductasa, que dieron lugar a familias de medicamentos muy vendidos. Volver a aquellos métodos no traería de vuelta esas dianas fáceis ya agotadas, advierte.
El autor compara estas cifras con otros sectores: si el 91% de los coches nuevos no saliera de fábrica, o el 91% de los aviones no pudiera despegar tras invertir toda la investigación, ninguna industria sobreviviría. Por eso, cuando un fármaco funciona, la industria intenta rentabilizarlo al máximo, porque nunca sabe cuándo llegará el próximo. El artículo también menciona áreas terapéuticas hoy ya bien cubiertas —hipertensión, colesterol, diabetes tipo 2, VIH, hepatitis C— y otras más difíciles, como el alzhéimer, que ilustran por qué el fracaso sigue siendo la norma.
