Las redes fúngicas subterráneas suman 110 billones de kilómetros y se mapearon por primera vez

Fuentes: Threads of underground fungal networks are long enough to reach beyond the Solar System, theguardian.com

Bajo la superficie de la Tierra se esconde una infraestructura biológica de magnitudes insospechadas: 110 billones de kilómetros de redes fúngicas micorrízicas arbusculares, una longitud equivalente a casi 750 millones de veces la distancia entre la Tierra y el Sol. Así lo revela el primer mapa global de estos microorganismos, publicado en la revista Science por un equipo de la Society for the Protection of Underground Networks (SPUN), una organización fundada en 2021 con el propósito de cartografiar y proteger estas redes invisibles.

Los hongos micorrízicos arbusculares forman relaciones simbióticas con las raíces de entre el 70% y el 80% de las especies vegetales del planeta, según reportan The Guardian y Ars Technica. A cambio de nutrientes esenciales como fósforo y nitrógeno, estas redes reciben carbono de las plantas: alrededor de 1.000 millones de toneladas anuales que, de no quedar almacenados bajo tierra, contribuirían al calentamiento global. Dichas comunidades existen desde hace aproximadamente 475 millones de años, aunque hasta ahora su distribución y densidad a escala planetaria habían permanecido sin mapear.

Para elaborar el primer atlas mundial de estas redes, el equipo encabezado por el doctor Justin Stewart combinó la revisión de literatura científica, el análisis de más de 16.000 muestras de suelo recogidas en distintos continentes, modelos de aprendizaje automático y pruebas de laboratorio. El resultado, según Toby Kiers, directora ejecutiva de SPUN y coautora del estudio, marca un punto de inflexión: "es el momento en que pasamos de saber que este sistema existe a saber realmente dónde está, qué densidad tiene y qué partes se han perdido".

Una de las cifras más llamativas del trabajo es que en una sola cucharadita de suelo pueden existir hasta 10 metros de red micorrízica. Sin embargo, esa abundancia varía enormemente de un ecosistema a otro. Los pastizales —incluidos los Everglades de Florida, los humedales del Sudd en Sudán del Sur y las praderas y estepas de todo el mundo— concentran las densidades más altas de hifas, mientras que las tierras agrícolas muestran una reducción promedio del 47,3% en la densidad de redes respecto a los ecosistemas naturales.

Esta diferencia no es trivial. Las prácticas agrícolas intensivas, especialmente el arado, el uso de fertilizantes y fungicidas, destruyen físicamente las redes o rompen la simbiosis entre plantas y hongos, advirtió Stewart. Las consecuencias van más allá del suelo: unas redes menos densas reducen la capacidad de almacenar carbono, limitan la distribución de nutrientes y dejan sin protección a los cursos de agua frente al nitrógeno, fósforo y otros compuestos químicos que terminan contaminándolos.

James Bever, profesor de ecología y biología evolutiva de la Universidad de Kansas, valoró el estudio como un paso fundamental para "comprender la importancia que estos organismos subterráneos tienen en todo lo que vemos sobre la superficie". Por su parte, el biólogo y coautor Merlin Sheldrake afirmó que el trabajo abre camino a "formas de colaborar mejor con los hongos para abordar muchos de los retos actuales, desde la seguridad alimentaria hasta el cambio climático".

Otro hallazgo preocupante es que las regiones con mayor densidad de redes fúngicas suelen estar poco protegidas y experimentan una degradación creciente. Ante este panorama, los investigadores proponen un cambio de paradigma agrícola: si los agricultores protegieran y favorecieran los hongos del suelo, las plantas obtendrían más nutrientes de forma natural, reduciendo la dependencia de fertilizantes sintéticos, mientras los hongos transferirían más carbono al subsuelo, mejorando el almacenamiento climático.

Kiers anunció que SPUN llevará estos datos a la próxima Conferencia de las Partes sobre Desertificación (COP17) de Naciones Unidas, que se celebrará en Mongolia en agosto, con el objetivo de que gobiernos y responsables políticos dispongan de criterios científicos para identificar dónde prosperan los sistemas fúngicos y dónde están amenazados. Como resumió la propia investigadora, "existe ahora un gran movimiento para restaurar no solo las comunidades visibles sobre el suelo, sino también las comunidades fúngicas subterráneas, y este conjunto de datos nos permite tener referencias sobre cómo es una comunidad microbiana sana".

Por primera vez en la historia, la humanidad cuenta con un mapa detallado de la infraestructura biológica que sostiene buena parte de la vida vegetal del planeta. Lo que se haga con esa información en los próximos años —desde la política agrícola hasta los compromisos climáticos internacionales— determinará si estas redes seguirán almacenando carbono, nutriendo ecosistemas y regulando el clima, o si continuarán retrocediendo bajo la presión de la actividad humana.