El río Amarillo, conocido durante milenios como el cauce más turbio del mundo por el limo que arrastraba desde la meseta de Loess, ha perdido el 85 % de su carga de sedimentos: ha pasado de 1.600 millones de toneladas anuales entre 1919 y 1959 a 240 millones en el periodo 2000-2020. El cambio se debe a dos décadas de obras hidráulicas y, sobre todo, al programa "Grain for Green" iniciado en 1999, que ha reforestado 34,3 millones de hectáreas —10 millones en la meseta de Loess— con una inversión cercana a 80.000 millones de dólares. El resultado es que en 1.165 kilómetros de su curso el río fluye cristalino y, en tramos inferiores, adquiere tonos pardos o verdosos en lugar del característico amarillo.
La transformación, no obstante, puede ser reversible. La red de terrazas, presas y embalses construida entre 1970 y 1990 fue diseñada para una vida útil de veinte años y lleva casi treinta en servicio, por lo que está perdiendo capacidad de retener sedimentos. Un estudio de Wang y colaboradores publicado en 2016 ya advirtió de que, a medida que las presas se colmaten, la erosión de la meseta volverá a teñir el cauce. China encara así el reto de renovar o complementar su infraestructura fluvial para mantener el control sobre el río que dio origen a su civilización.
