Down House, la residencia de Charles Darwin a las afueras de Londres, conserva la atmósfera del naturalista: su despacho con libros abiertos, su silla con ruedas y los jardines que él mismo diseñó con su esposa Emma. Allí, el autor Rowan Hooper recorre los terrenos donde Darwin plantó los bosques que hoy cobijan especies como la Epipactis purpurata, una orquídea que florece en la sombra de las hayas y atrae avispas con un néctar que las embriaga y las recubre de polen sin que lleguen a acicalarse.
El artículo explica cómo Darwin estudió la estructura de las orquídeas enviadas por cultivadores de todo el mundo y dedujo, solo por la forma de la flor, qué insecto las polinizaba. Recibió un espécimen con un tubo floral de unos treinta centímetros y predijo la existencia de una polilla con una trompa de igual longitud: veinte años después de su muerte se confirmó en Madagascar, y la especie fue bautizada praedicta. También aborda la orquídea abeja, que imita visual y químicamente a las hembras para seducir a los machos, en un mecanismo de engaño sexual inverso al que imaginaba su abuelo Erasmus Darwin.
El texto detalla además la dependencia micorrícica de las orquídeas: cómo obtienen nutrientes a través de hongos asociados a las raíces de los árboles y cómo algunas se vuelven albinas y completamente parásitas. Cierra con la irrupción de la carta de Alfred Russel Wallace en 1858, que obligó a Darwin a suspender su trabajo sobre orquídeas para publicar antes la teoría de la evolución.
