Durante la Primera Guerra Mundial, decenas de miles de mujeres británicas trabajaron en fábricas de municiones produciendo cordita y otros explosivos altamente tóxicos. La exposición continua al TNT provocó que su piel adquiriera un tono amarillento y el cabello se les tornara verdoso, motivo por el que fueron conocidas como «canarias humanas» o munitionettes.
Caroline Playne, pacifista contemporánea, describió en un texto sobrecogedor cómo vio pasar un tren con «un par de cientos de féminas deshumanizadas, seres amazónicos sin razón ni sentimiento», tomadas en principio por hombres debido a su aspecto. Una trabajadora relataba que «te lavabas y te lavabas y no había diferencia. No se quitaba. Todo tu cuerpo era amarillo». Varias cientos de estas mujeres murieron durante la guerra, y muchas más arrastraron enfermedades crónicas —ictericia, dermatitis, anemia, problemas reproductivos— durante el resto de sus vidas.
Las fábricas ofrecían sueldos relativamente altos para la época, lo que atrajo a obreras sin otra alternativa económica, pero las condiciones eran durísimas: turnos extenuantes, deficiente ventilación, ausencia de equipos de protección y riesgos constantes de explosión y envenenamiento. Aunque el Ministerio de Municiones llegó a documentar el fenómeno e incluso distribuyó folletos para alertar a las familias sobre la decoloración, la memoria pública de estas工人 fue decayendo tras el armisticio.
Este artículo recuerda su contribución al esfuerzo bélico y reflexiona sobre por qué la historia las ha relegado frente a los soldados del frente, analizando también la brecha de género en los relatos oficiales de la Gran Guerra.
