El ensayo reflexiona sobre cómo los asistentes de inteligencia artificial, al eliminar toda fricción con el dispositivo, están transformando la relación del ser humano con la tecnología. Quien esto escribe recuerda que en los años noventa jugar a un ordenador obligaba a entenderlo: editar el autoexec.bat, preparar disquetes de arranque, configurar IRQ de la tarjeta de sonido con jumpers y reconocer la negociación del módem por su chirrido. Esa resistencia era el verdadero aprendizaje: solo se conoce aquello a lo que uno puede perder.
Hoy los modelos de IA dominan cada manual y procedimiento técnico, de modo que la mera competencia no está en peligro, sino la familiaridad. La diferencia entre manejar un sistema y conocerlo de verdad se estrecha mientras crece la dependencia. Una nueva generación crecerá usando herramientas que lo hacen todo sin exigir nada, sin echar de menos la relación íntima con la máquina que vivieron quienes la sufrieron.
El texto remata con una búsqueda personal: encontrar un archivo de audio del sonido de un módem conectándose, conservado como una flor prensada. La anécdota cierra el contraste entre la máquina exigente que el autor conoció de joven y el dispositivo actual que reproduce ese sonido al instante, sin esfuerzo ni diálogo previo.
