El texto argumenta que la visión es un acto de elección y relación, no una reacción mecánica, y que las imágenes funcionan como testimonios directos del pasado que la literatura no puede igualar. A diferencia de la literatura, que requiere interpretación, la imagen permite situarse en la historia y en el mundo de otros tiempos. Sin embargo, el autor critica la 'misticación' del pasado, donde las suposiciones culturales sobre la belleza y el arte impiden ver la realidad histórica. Cita el caso de Frans Hals y sus retratos de las administradoras de la caridad en Haarlem, donde el autor de la obra especializada evita leer críticas sociales en los cuadros, ignorando el contexto de pobreza del pintor. Esta postura, según el texto, oculta la historia real y beneficia a una minoría privilegiada que inventa narrativas para justificar el poder. La imagen, al ser un registro de cómo alguien vio a otro, ofrece una precisión y riqueza que la literatura no posee, aunque su percepción está condicionada por las propias suposiciones del espectador. El autor concluye que la historia no es un lugar para vivir, sino una fuente de conclusiones para la acción presente, y que la misticación del arte impide acceder a esas conclusiones.
