Cada último miércoles de agosto, la localidad valenciana de Buñol, de algo más de nueve mil habitantes, se transforma en el escenario de la Tomatina, una batalla multitudinaria en la que miles de personas se lanzan toneladas de tomates maduros durante aproximadamente una hora. Lo que muchos desconocen es que esta tradición, hoy reconocida internacionalmente, nació de un episodio completamente casual en 1945, durante las fiestas patronales del municipio.
En medio del desfile de gigantes y cabezudos se originó una pelea entre varios jóvenes; algunos cogieron tomates de un puesto de verduras cercano y los usaron como proyectiles. Lo que empezó como un altercado espontáneo terminó con la intervención de vecinos y autoridades, que restablecieron el orden. Lejos de olvidarse, al año siguiente un grupo de jóvenes decidió repetir la experiencia de forma voluntaria, llevando tomates desde sus casas. Esa segunda edición marca el inicio real de la tradición.
La costumbre no fue aceptada de inmediato: la policía disolvió la celebración en años posteriores, fue prohibida a principios de los cincuenta y suspendida de nuevo hasta 1957, a pesar de las detenciones de participantes. La presión vecinal logró finalmente su restitución. Con el paso de las décadas, la fiesta se consolidó, atrajo primero a visitantes nacionales y después a turistas internacionales, y proyecta la imagen de Buñol por todo el mundo, con una cobertura mediática que supera con creces la duración real del evento.
