Un texto escrito en 1992, recuperado al ordenar un despacho, reflexiona sobre por qué los problemas de la programación informática no se habían resuelto pese a los avances en compiladores. Para ilustrarlo, su autor recurría a un caso de IBM: en la década de 1970, la compañía decidió sustituir su compilador FORTRAN G por uno nuevo, el FORTRAN H, en una inversión de millones de dólares y cientos de años-programador. El nuevo compilador era rápido, eficiente y rico en funcionalidades, y sigue siendo el que utiliza IBM. La moraleja es que escribir compiladores dejó de ser difícil: los avances en la tecnología de compiladores permiten hoy a un estudiante de tercer año de informática producir un compilador aceptable en un semestre. Si se ha avanzado tanto en compiladores, ¿por qué no invertir en un supercompilador FORTRAN I miles de veces mejor que el H? Porque la calidad del compilador ya no es el factor limitante. Los problemas reales de la programación son de método y de lenguaje: no sabemos programar del todo, ni gestionar nuestros programas, ni expresar con precisión lo que queremos que el ordenador haga. Aunque los compiladores son excelentes, siguen compilando lenguajes como FORTRAN. Para el autor, la programación sigue siendo un arte oscuro: tiene menos de cincuenta años y aún nadie es realmente bueno en ella. Podemos fabricar mejores herramientas de las que sabemos utilizar.
