El ensayo de Terry Eagleton, basado en el libro póstumo e inacabado del jurista e historiador Frank Callanan (fallecido en 2021), desmonta la idea de que James Joyce abandonara la política tras su exilio de Dublín en 1904. Para Callanan, Joyce fue durante toda su vida un fiel partidario del nacionalismo cívico y constitucional de Charles Stewart Parnell, líder del Partido Parlamentario Irlandés, cuya caída en 1890 —forzada por un escándalo personal y la presión de una alianza de clérigos y políticos— habría marcado el ingreso del escritor en la vida pública, cuando apenas tenía nueve años. Esa herida explica su visceral anticlericalismo y su rechazo simultáneo del imperialismo británico.
Eagleton traza cómo Joyce combinó ese parnellismo con un internacionalismo coherente: simpatizó con la independencia griega, condenó el colonialismo británico en India y Egipto y entendió que el derecho de autodeterminación de un pueblo implica el de todos los demás. Su rechazo del nacionalismo cultural —la Liga Gaélica, el renacimiento de la lengua irlandesa, la imagen del campesino santo— lo enfrentó a W. B. Yeats y al Irish Literary Revival, al que consideraba una instrumentalización del arte. En Trieste, en cambio, su conciencia política se amplió: se declaró socialista, leyó el periódico Avanti! y, aunque no pasó de la primera frase de El capital de Marx, criticó el odio racial instintivo y señaló que la cuestión irlandesa afectaba ante todo al proletariado. En conjunto, el texto presenta a Joyce como un nacionalista moderno, anticlerical y europeísta, cuyo modernismo literario fue indisociable de su antiimperialismo.
