El corresponsal de defensa de The Economist analiza cómo la tecnología ha transformado los conflictos armados recientes, especialmente en Ucrania e Irán. La transparencia táctica —más y mejores sensores, potencia de fuego de precisión y redes que conectan ambos— es la tendencia definitoria. En Ucrania, los drones convierten la zona de combate en un videojuego letal: los soldados tardan semanas en infiltrarse, meses en salir, y años en superar el trauma. En Irán, la guerra aérea combinó satélites, radares y ataques cibernéticos, como la piratería de cámaras de tráfico para localizar al líder supremo. Ambas guerras comenzaron con líderes que creían en una victoria fácil y derivaron en estancamientos costosos. El artículo examina si la tecnología favorece al defensor o alienta a las grandes potencias a iniciar conflictos que no pueden ganar. El dron es el avatar del cambio: barato, evolutivo, combina sensor y atacante. El Bayraktar TB2 marcó un hito, y hoy los FPV causan decenas de miles de bajas. Ucrania ha avanzado en sustituir humanos por robots, mientras que la guerra de maniobras a gran escala se considera inalcanzable. Las cifras de conflictos activos son las más altas desde 1946, según el Uppsala Conflict Data Programme, y los últimos cuatro años son los más violentos desde la Guerra Fría.
La peligrosa ilusión de la guerra moderna
