La película «Moana», tanto en su versión animada como en la nueva adaptación live-action de Disney, se inspira en una de las mayores gestas de exploración marítima de la humanidad: el asentamiento de Polinesia. Aunque las películas son ficciones, conectan con un misterio real que intriga a la arqueología desde hace décadas: la llamada «pausa larga». Hace unos 3.000 años, el pueblo lapita navegó hacia el este por el Pacífico hasta Samoa y Tonga, donde permaneció durante 1.700 años sin proseguir la expansión. De pronto, entre los años 900 y 1100 de nuestra era, los ancestros polinesios reanudaron la migración y, en apenas un siglo, alcanzaron Hawái, Aotearoa (Nueva Zelanda) y Rapa Nui (Isla de Pascua) a bordo de grandes canoas de doble casco. La dispersión de la batata por las islas del Pacífico indica, además, que probablemente contactaron con las Américas. Una investigación climática reciente aporta claves para entender por qué se produjo ese súbito impulso: los factores físicos que permiten la supervivencia en una isla del Pacífico —agua dulce y alimentos— condicionan la presión demográfica y, con ella, la necesidad de explorar. El artículo repasa las hipótesis manejadas por antropólogos e historiadores, desde avances en la tecnología náutica capaz de vencer los vientos alisios del este hasta la influencia del crecimiento poblacional y de cambios ambientales concretos, y abre la puerta a nuevas evidencias para explicar cómo se resolvió la pausa larga que precede a la última gran oleada migratoria polinesia.
