Un análisis de datos longitudinales de la Universidad de Stanford, recopilados antes y durante la pandemia de COVID-19, muestra que el confinamiento no afectó por igual a todas las parejas: quienes calificaban su relación como excelente en 2017 tendían a mejorarla aún más en 2020, mientras que las parejas con relaciones mediocres o problemáticas eran las que más se deterioraban. Dos años después del inicio de la pandemia, esta brecha se amplió: más relaciones excelentes se fortalecieron y más relaciones frágiles empeoraron. Una pista clave es el grado de acuerdo entre los miembros de la pareja sobre las medidas de seguridad frente al virus; quienes ya tenían relaciones sólidas solían coincidir plenamente en cómo protegerse.
El reportaje combina esos microdatos con contexto histórico. Recuerda que, durante siglos, el matrimonio fue una institución económica y política más que sentimental; fue la Peste Negra del siglo XIV la que, al diezmar la población europea, permitió a los siervos elegir parejas por afinidad. La idea de casarse por amor se generalizó a partir del siglo XVIII y trajo expectativas muy altas sobre la pareja como fuente de realización personal, expectativas que la Gran Depresión ya puso a prueba en los años treinta. Desde los años sesenta, las relaciones se han apoyado cada vez más en la autorrealización, lo que las hace más gratificantes pero también más vulnerables al estrés crónico, como el generado por la pandemia.
