Durante la Segunda Guerra Mundial, el Gobierno de Estados Unidos repartió miles de flautas entre sus soldados para elevar la moral de las tropas. La elegida fue la ocarina de plástico, un instrumento compacto, barato de producir en moldes, resistente a la humedad y, sobre todo, muy fácil de aprender a tocar. A diferencia de la flauta travesera, la ocarina funciona como una flauta de vaso: el aire resuena dentro de una cámara cerrada, lo que produce su sonido inconfundible y permite una digitación más sencilla que la del flautín.
El artículo repasa por qué se descartaron otras opciones. El flautín de plástico no se inventó hasta 1946 y los de madera no aguantaban las condiciones del frente; la armónica, aunque popular, no fue distribuida de forma institucional. El Ejército escogió dos modelos: la ocarina "batata" o "submarino" de Gretsch (Alto en Do, con nueve notas de fábrica ampliable a once perforando los agujeros tapados con una navaja) y la tonette, una ocarina lineal inventada a finales de los años treinta con la que, según estimaciones, hacia 1940 la mitad de los escolares estadounidenses aprendía música.
Junto con los instrumentos se entregaba un manual de 25 páginas con un método progresivo: empezaba con tablatura y culminaba en partitura convencional, con temas populares, folklóricos y navideños. Se incluyen además anécdotas, como el viaje de una tonette heredada por el autor desde California hasta la India británica y luego sobre el Himalaya, en un C-47 Skytrain sin paracaídas, hasta combatir en China frente al Ejército Imperial Japonés.
