El 21 de julio de 1962, el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser presentó al mundo cuatro cohetes surface-to-surface lanzados desde Wadi El Natrun, en pleno desierto, celebrando la entrada del país en la «era de los misiles». Detrás del programa había un puñado de antiguos ingenieros nazis que rechazaron trabajar para los Aliados o la URSS tras la Segunda Guerra Mundial: Wolfgang Pilz, Eugen Sänger, Hans Kleinwachter y Hans Goercke, reclutados con ayuda del jefe de espías alemán Reinhard Gehlen y del antiguo oficial de comandos Otto Skorzeny.
La pieza clave era Heinz Krug, colega de Sänger y coordinador de facto de la producción. Desde una oficina en Múnich y la tapadera de la empresa INTRA Commercial Company —vinculada al Ministerio de Guerra egipcio—, Krug adquiría y enviaba componentes a las plantas egipcias, entre ellas la Factory 333 de Heliópolis, los Sites 36 y 135 junto al Nilo, y el campo de pruebas de Wadi al-Natrun.
En 1961, Israel presionó a Alemania Occidental para frenar a los científicos, ciudadanos alemanes. El servicio secreto germano cooperó con el Mossad en una campaña de intimidación que obligó a Sänger a dimitir. Krug, sin embargo, continuó. El 11 de septiembre de 1962 recibió en su oficina a un joven llamado «Mr. Saleh», conversó con él media hora y se marchó con él en su coche. Nunca regresó. Su esposa declaró a la policía: «Mi marido ha sido raptado, pues no tenía motivo alguno para desaparecer por voluntad propia». El historiador Owen L. Sirrs apunta a una posible implicación directa del Mossad en lo que se conoce como Operación Damocles, un caso que sigue sin resolverse seis décadas después.
